Cartel:
“La dirección de la Cura”
Título: “El analista y su posición en la Dirección de la Cura”
Ps.
Carlos Ariel Sabella
-
Psicoanalista
¿De
qué se trata cuando se habla de direccionar una cura? Interrogantes como
estos que nunca parecen agotarse son
los que surgen como consecuencia del tránsito por la clínica. El intento
de encuentro con una referencia en el campo de la teoría se hace necesario.
Aparecen respuestas a medias que relanzan la búsqueda, éste parece ser el
efecto que produce el recorrido por el campo Freudiano, terreno que provoca
el asombro en un descubrimiento siempre inagotable.
El
intento es articular los textos a partir de cuestionamientos e
interrogantes, para arribar a la obtención de un producto propio, éste es
el sesgo que decidí tomar. Es un trabajo de desmenuzamiento y análisis de
los conceptos, el cual me llevó a encontrarme con detenciones, parates y
escanciones pero también con producciones nuevas que marcan mi práctica
como analista.
El
texto central elegido es el que dio nombre a este cartel, escrito que
condujo esta búsqueda.
En
“La Dirección de la Cura”, Lacan hace notar ([1])
que el eje de su trabajo está centrado en la posición del analista, lo pone en el banquillo, afirma. Es
claramente notoria la diferenciación con respecto a otras formulaciones teóricas
donde el eje de los fenómenos de la transferencia estan puesto del lado del
analizante. La intención de Lacan apunta a resaltar y marcar esta
diferencia a tal punto que, según sus propias palabras,
las toma para hacer de ellas boyas de nuestra práctica. Este es el
efecto de su enseñanza, el trabajar sobre la implicancia del analista en el
dispositivo analítico, ([2])
lo cual determina tomar una “dirección”
sostenida en una ética. Esta posición ética toma al analista
“implicado” en su práctica y no se limita a una reducción en el
analizante de las desviaciones imputadas a sus resistencias.
Él
se pregunta por el ejercicio del poder
e interroga su sentido. ¿De qué poder se trata? Lo más claramente
indicado en el texto es que no se trata de un poder imaginario, en tanto
ilusión ó especularidad que confronta, de un yo a yo al analista y al
paciente, menos aún de una guía moral que reeduca la conducta. Entonces,
¿a qué poder se refiere? Se trata del poder proveniente de la instauración
del dispositivo analítico y de la aplicación de la regla fundamental. Se
trata de un poder posibilitante, pero ¿de qué?
De propiciar el surgimiento de algo del orden del deseo, lo cual
marca un rumbo, una posición bien clara y definida en una dirección,
en un sentido. Una ética del psicoanálisis. A partir de aquí la brecha
con la clínica de la conciencia y del fortalecimiento del Yo es muy
marcada.
Esta
posición adoptada implica que tanto el analista como el analizante quedan
tomados por el dispositivo transferencial. ¿Pero de qué se vale el
analista? De la “escucha analítica”,
la cual supone un sujeto que habla pero que también es hablado. Un
sujeto de la vacilación y del mal entendido, que se aloja
en la pulsación inconsciente. Apertura Inconsciente que habilita la
a-parición de ese sujeto y del analista como parte de un mismo concepto. El
analista, afirma Lacan, debe entenderse como parte del concepto de
Inconsciente ([3]).
¿Cómo se escucha ó mejor dicho, qué se escucha? Se trata pues de una
“escucha” que se sostiene en la suposición de un sujeto del
Inconsciente, de un sujeto sujetado a un discurso otro, a un discurso que no
sabe que sabe ó que se resiste a saber. Este discurso lo habita y por tal
motivo, lo divide, lo barra. El suponer la existencia de un discurso Inconsciente
es hacer entrar en la escena analítica al Otro como referencia, como
terceridad, dando un paso más allá de la relación clásicamente dual
entre terapeuta y paciente. La escucha
analítica da lugar y posibilita el ingreso del discurso del Otro.
Tanto
analizante como analista pasan a estar atravesados por las leyes del
Inconsciente. No podría pensarse en un más allá de ellas, lo cual nos
conduciría a suponer el lugar del analista como ideal al cual
identificarse, modelo que “adapta” al sujeto desconociendo el carácter
pulsante de su deseo.
Es
así como algo del orden de la falta del analista se pone en juego en un análisis,
falta que remite al sujeto del analista. “Producto
de un análisis”, de su propio análisis, del tránsito por algo del
orden la falta que lo sitúa como sujeto en una trama significante. Haber
vivenciado en carne propia la marca de lo imposible, del no todo como límite
de lo real, es una condición necesaria.
Lacan
afirma que el analista también debe pagar:
-
Paga con palabras, en su efecto de interpretación.
-
Paga con su persona, en cuanto que, diga lo diga, la presta como
soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la
transferencia.
-
Paga con su ser en tanto que es por su carencia que se pone en juego
en la experiencia analítica.
El
estatuto que toma el analista es el de un lugar,
como un efecto “a
posteriori”.
Lugar
validado por las intervenciones en su efecto de interpretaciones,
donde el “ser” del analista se ubica sólo en la carencia. Carencia,
que posibilita el enfrentamiento del sujeto con su propia imposibilidad, con
la falta de una adecuación en la justa medida.
Lacan
habla de un desdoblamiento de la persona del analista, habla de una libertad
enajenada en el manejo de la transferencia por ese efecto, y agrega, que
nadie ignora que es allí donde hay que buscar el secreto
del análisis. Estrategia donde la única libertad posible es la de
reconducir todo efecto al terreno de la transferencia, desplazando de la
escena la persona del analista. Efecto de “corrimiento” como estrategia
general que direcciona una cura. No es a la persona del analista a quien está
dirigido el mensaje sino a la figura que él representa en el campo
transferencial. Convendría detenernos aquí para señalar que estamos ante
un eje estratégico en la dirección de una cura. Estrategia básica del
dispositivo analítico que se sostiene en el corrimiento de la persona del
analista, sin dejar de considerar la necesariedad de su presencia
como soporte transferencial. Regla de Abstinencia, Lugar del muerto en la
referencia al juego del Bridge. El analista se “adjudica
la ayuda”, se sirve de lo que en ese juego se llama el muerto, pero es para hacer surgir al cuarto que va a ser la pareja
del analizado. Cuatro jugadores en la escena del Bridge: el paciente y el
sujeto por un lado, el analista y el muerto por el otro. Si se lo reanima, ([4])
el juego prosigue sin que se sepa quien lo conduce. Regla de Abstinencia, Deseo del analista y lugar del muerto
como tres soportes éticos y estratégicos en la operatoria analítica.
Sostengo
que habría una “Estrategia Direccional” sustentada por la ética del Psicoanálisis
junto a una “Táctica Singular” del caso por caso. Estrategia
que posibilita la operatividad de una táctica singular.
Dejar
vacante el sitio de la persona, invita al paciente a que sea llamado por sus
significantes y por su deseo” ([5])
“Parecería
que el psicoanalista, tan sólo para ayudar al sujeto, debería estar a
salvo de esa patología, la cual no se inserta, como se ve, en nada menos
que en una ley de hierro”. ¿Debería el analista ser un hombre feliz? ¿No
es además la felicidad lo que
viene a pedirle, y cómo podría darla si no la tuviese un poco? ([6])
Un hombre feliz, pleno de saber sobre las circunstancias y sucesos de la
vida, capaz de dar algo de lo mucho que posee en lo que a la felicidad y
saber se refiere, nada más lejos de lo que el psicoanálisis formula como
el lugar del analista. Es en la carencia donde se sitúa la experiencia del
análisis y desde esta misma perspectiva se formula la necesariedad del análisis didáctico, en tanto ausencia de un ideal y de un modelo
de completud. Freud mismo se refirió a esta cuestión en varios momentos de
su producción teórica, por ejemplo en el texto “Las perspectivas futuras
de la Terapia Psicoanalítica” (1912) afirma que…”desde que un número
mayor de personas ejercen el Psicoanálisis e intercambian sus expectativas,
hemos notado que cada psicoanalista sólo llega hasta donde se lo permiten
sus propios complejos y resistencias interiores y por eso exigimos que
inicie su actividad con un autoanálisis y lo profundice de manera
ininterrumpida a medida que hace sus experiencias en los enfermos.([7])
En otro texto ([8])
afirma que cualquier represión no solucionada en el médico corresponde a
un punto ciego en su percepción analítica. Todo analista no puede devenir
como tal si no ha vivenciado la experiencia del análisis alguna vez en su
vida. Parece que Lacan se detuvo de manera específica en esta formulación
Freudiana, marcando un rumbo y una dirección en la conducción de la cura.
La línea está determinada por la posición de ese analista implicado en su
práctica.
Demanda
de Felicidad es lo que recibe un analista. ¿Qué puede prometer en cuanto a
la felicidad? Cuán lejos
estamos de toda formulación de una disciplina de la felicidad. Esto es lo
que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra en
posición de responder a quien le demanda la felicidad. “La
cuestión del Soberano Bien se plantea ancestralmente para el hombre pero él,
el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No solamente
lo que se le demanda, el Soberano Bien, él no lo tiene, sin duda, sino que
además sabe que no existe. Haber llevado a su término un análisis no es más
que haber encontrado ese límite en el que se plantea toda la problemática
del deseo”. ([9])
Así es como el análisis formula la experiencia de la carencia y de la
imposibilidad, donde el analista se ubica en el lugar de semblante y de señuelo
para luego correrse y dejar al descubierto el encuentro del sujeto con algo
de su propia falta y, en consecuencia, con su propio deseo.
El
analista se ofrece a recibir la demanda de felicidad ¿Qué puede dar un
analista? Lacan dice que puede dar su deseo, al igual que el analizado, pero
en tanto deseo advertido. Estar él
advertido de su propia posición subjetiva con relación a su deseo. Lo
que no puede desear es lo imposible. Sostengo que lo
imposible consistiría en detenerse en el señuelo, en una aspiración a
una reducción a la nada de la distancia entre analista y analizante.
“Acercarse hasta confundirse con aquel a quien tiene a su cargo”, dice
Lacan.([10])
Estar al servicio de la adaptación y de los bienes, respondiendo a un
modelo de felicidad, netamente exitista, que mide la eficiencia y conduce a
un “HAPPY END”. Reducción del fin último del análisis a una posición
de confort individual y de “tiempos breves” a lo que los analistas nos
vemos demandados en esta economía de mercado.
En el análisis se trata de relanzar una “apuesta deseante” y
colocar sobre el tapete el interrogante: ¿“Has actuado en conformidad con
tu deseo”?. Las premisas éticas de la abstención
y de la Ignorancia Docta son los
puntos de anclajes que direccionan esta práctica. Ignorancia no del saber,
afirma Lacan, sino como pasión del ser. No una negación del saber sino su
forma más elaborada. La promesa analítica
es una apuesta al deseo.
¿Será
esta posición de ignorancia lo que sostiene el deseo de saber? ¿Será
la categoría de objeto perdido que el psicoanálisis sostiene como premisa
lo que nos lleva a la búsqueda de sustitutos? No del saber académico y
como tal acumulativo, sino un saber donde el propio sujeto se pone en juego.
Es que el saber del Psicoanálisis
interroga al sujeto hasta lo más particular de su ser. La formación del analista
no puede llevarse a cabo sin una implicación del sujeto, sin una firme
apuesta al deseo, sí, al deseo subjetivo de ser un analista. No basta con
esto, una posición debe ser asumida, y los avatares del análisis personal
lo determinarán. Esta es una práctica subordinada a lo más particular de
cada sujeto.
¿Cuáles
son las razones que nos llevan a los analistas a agruparnos, a realizar
actividades de formación, a intercambiar interrogantes y puntos de vista? ¿Será la
soledad propia de la práctica analítica? La razón, dice Lacan,
es que desde cierto ángulo, el analista tiene altamente conciencia
de que no puede saber qué hace en Psicoanálisis, una parte de esa acción
permanece velada para él mismo. ([11])
¿Se
podría hablar de aspectos que direccionan ó conducen
la Formación del analista? Quizás
los únicos puntos de sostén sean: el análisis personal, el estudio de la
teoría y la supervisión. Pero… ¿Hay garantías? ¿Qué determinará que
un analista devenga como tal y no sea apenas una reproducción de un modelo?
En el tránsito por su análisis atravesará los avatares singulares de su
implicancia como sujeto en esta práctica, hasta lo más profundo de su ser.
Es un recorrido que hace huellas y deja marcas singulares. La marca de este
tránsito define un estilo y ese estilo es propio. “Propio” en tanto
posibilidad de apropiarse, de tomar un posicionamiento y estar advertido de
las posibilidades, pero también de las imposibilidades de esta práctica.
Si hubo apropiación de algo, si algo distinto pudo producir ese analista,
es que hubo transmisión. Un “efecto de transmisión” estaría dado en
que cada analista pueda producir algo propio y singular a partir del
trabajo con la teoría. En este sentido, el cartel apuntaría a algo de este
orden, es decir, a la obtención del producto de cada analista, en su
singularidad. Se podría afirmar que si hubo efecto de cartel, hubo
transmisión. De esta manera, la transmisión no sería una simple
reproducción acumulativa de saber, sino
que apuntaría a lograr hacer algo con eso, dando lugar a una marca
propia a partir de la singularidad.
La marca tiene que ver con un rasgo particular y ese rasgo particular
no es más ni menos que algo del tránsito por la propia castración.
Mi hipótesis más firme es “Si
hay estilo, es que hubo transmisión”. En el estilo del analista es
donde el saber del Psicoanálisis retorna. Retorno
que remite al “modo de lo particular” ó en todo caso al modo particular
de cada uno de asir algo del objeto, del objeto perdido que formula el
Psicoanálisis. Desde este punto de vista, el estilo sería inimitable y
como tal singular, propio de cada uno.
Esto
es lo que diferencia a un analista de otros y hace de cada uno, el uno de la
repetición freudiana. Repetición y no Reproducción, en tanto en la
repetición aparece un nuevo sentido, la actualización de la práctica y la
teoría en la singularidad de cada analista. A esta altura de las cosas, me
atrevería a afirmar que el saber del psicoanálisis retorna en cada uno a
la manera del retorno de lo reprimido. No se trata de recordar ó reproducir
un saber acumulado sino de que retorne en la repetición subjetiva, que pase
por los desfiladeros del significante. Freud, en “Recordar, repetir y
reelaborar” se pregunta sobre lo que se repite y responde a este
interrogante diciendo que es “todo cuanto desde las fuentes de su
reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto”…
Pero el estilo, al dar cuenta de lo más singular de cada uno, da cuenta de las posibilidades de escucha de cada analista y de las diferencias entre ellos. Algunos escucharán significantes diferentes a los de otros. Pero, al no haber modelos a reproducir, esa escucha de ese analista implicado en su práctica, lleva a “parir” una marca sin precedentes…la marca propia.
Noviembre
2001
[1] La Dirección de la Cura (J. Lacan)
[2] Efectos de la enseñanza de Lacan en la Clínica Psi. (O. Amorós)
[3] Seminario XI
[4] La Dirección de la Cura (J. Lacan)
[5] Introducción al Psicoanálisis (C. Kuri)
[6] La Dirección de la Cura (J. Lacan)
[7] “Las Perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica” (S. Freud. 1912)
[8] “Consejos al médico” (S. Freud. 1912)
[9] “La demanda de felicidad y la promesa analítica” (J. Lacan - Seminario de la Etica del Psic.)