EL SUJETO
DE LA RESPONSABILIDAD
Omar
Amorós
La
cura en Psicoanálisis sólo es posible en transferencia. Nada nuevo decimos
con esto –y tampoco lo pretendemos-, sino solamente remarcar, una vez más,
que olvidar este principio produce desviaciones tanto en la cura, como en la
teoría. Porque la transferencia tiene dos caras interdependientes: la del
saber y la del amor. Interrogar la cara del amor es lo que intentaremos,
pensándolo como responsabilidad (Seguimos en este a Lévinas quien prefiere
hablar de responsabilidad para no mencionar la palabra amor, vapuleada, a su
entender, en Occidente) Pensamos que el amor como responsabilidad es aquél
ligado al deber. En Psicoanálisis hay uno, y es aquél que Freud enunció
como deber de advenir en el lugar del ello: Donde
ello era debo yo advenir.
Es
claro, nos parece, que este deber no es el Kantiano, ese que en la tópica
Freudiana corresponde al super-yo. El deber que se perfila en el aforismo
freudiano, no es un deber de rechazo, ni de represión, sino de advenimiento
en el lugar de..., retomando
aquello que era del ello.
En la clase del 15 de enero de 1969 del Seminario “De un Otro al otro”, Lacan abre la sesión haciendo referencia a la responsabilidad. Se apresta a hablar de la apuesta de Pascal y dice que hacerlo es una responsabilidad. No es la primera vez que Lacan hace referencia a su responsabilidad en relación al dictado del Seminario; ya en otros anteriores –y también en los siguientes- de tanto en tanto habla de la enorme responsabilidad, cuando no carga, que tiene en la transmisión de su enseñanza. Casi nos dice que fue empujado a hacerlo, y son conocidas sus insistentes quejas en relación al número de asistentes al Seminario, su anhelo de que un día fueran unos pocos conversando más intimamente.
En
esta clase recuerda haber faltado a la promesa de hablar sobre la apuesta en
Yale: “No es la primera vez, por
otra parte, que hablo de ella (de la apuesta de Pascal). Un cierto día de
febrero de 1966, creo, he tomado esta apuesta y precisamente a propósito
del objeto a. Verán que hoy
vamos a dar vueltas alrededor de este objeto. Aquellos que recuerdan –tal
vez hay aquí algunos, no lo sé- aquello que he dicho, ven bien, entonces,
de lo que se trata. Ocurrió que me habían pedido de volver a hablar de la
apuesta en octubre del 67. Tenía que hacerlo en Yale, pero tuve tanto que
hacer con la gente que motiva este esfuerzo de enseñanza, a saber los
psicoanalistas, que falté a mi palabra, a esta gente de Yale; supe que eso
originó un pequeño escándalo, es verdad no fue muy educado. Trataremos
hoy de decir lo que podría haber anunciado allá...comencemos, entonces,
desde el principio como si estuviésemos en Yale.”
Queremos
aprovechar esta declaración de Lacan en relación a la responsabilidad
para anudarla con la apuesta, interrogando esta relación entre
apuesta y responsabilidad. Señalando de paso, porque lo retomaremos, que la
responsabilidad lo es en relación a una falta precedente en la
responsabilidad: Lacan se excusa, y pone excusas –nuevamente la carga en
relación a su enseñanza- por haber faltado a su palabra, y pareciera
querer reparar lo incumplido, retomando “como
si estuviésemos en Yale”.
¿Cuál
es el punto de partida en Pascal, aquello que motiva su apuesta? El terror a
la muerte. Pero aquí se hace preciso cernir bien cómo entiende Pascal la
muerte, ya que esto nos dará el carril a seguir.
La
muerte, para Pascal se presenta como aniquilación, a la vez que eterna: “...y
que, en fin, la muerte, que nos amenaza a cada instante, debe infaliblemente
ponernos, en pocos años, en la horrible necesidad de ser eternamente
aniquilados o desgraciados. No hay nada más real que esto, ni más
terrible. Hagámonos todo lo valientes que queramos: he ahí el fin que le
espera a la más bella vida del mundo.” “Porque es indudable que el
tiempo de esta vida no es más que un instante, que el estado de la muerte
es eterno...Júzguese, pues, por lo dicho más arriba, de los que viven sin
pensar en este último fin de la vida, que se dejan llevar por sus
inclinaciones y por sus placeres sin reflexión y sin inquietud, y, como si
pudiesen aniquilar la eternidad apartando de ella su pensamiento, no piensan
más que ser felices en el instante presente. Sin embargo, esta eternidad
subsiste, y la muerte, que debe abrirla y que les amenaza a cada momento,
les debe infaliblemente poner en poco tiempo en la horrible necesidad de ser
eternamente, o aniquilados, o desgraciados, sin que sepan cuál de estas
eternidades les está preparada para siempre.”[1]
Hay
en este concepto de la muerte una coincidencia con Sade a la vez que un
tratamiento distinto, ya que Sade decide la vía del goce en esta única
vida y Pascal propone su apuesta.
Veamos
las coincidencias con Sade: “¡-
Y esa convicción absurda de la vida en el más allá! No pueden convencerse
de que una vez muertos, muertos estamos. Se acabó. Una vez cortado el hilo
de la vida, el cuerpo humano se convierte en una masa de materia vegetal en
putrefacción. Un festín para los gusanos, y eso es todo. Dime si hay algo
más ridículo que la idea en un alma inmortal, y la creencia de que cuando
muere el hombre, sigue con vida, que cuando su vida se detiene, su alma
emprende el vuelo” “-Pero, alegué yo entonces, ¿no es la inmortalidad
del alma un dogma reconfortante para las masas humanas pobres y andrajosas
que cubren la tierra? ¿No es una imagen apaciguante? ¿No alivia algunos de
los inmensos males que agobian a la humanidad? Yo misma me siento
tremendamente espantada ante esa aniquilación total de que habláis.” [2]
También
en Sade aparece el espanto, por boca de uno de sus personajes. Así hay
coincidencia en ambos en tomar la muerte como aniquilación, y en ambos,
también, la idea de que no hay nada más real que esto. De lo que podemos
deducir que en todo caso real y saber coinciden en este punto: por eso decíamos
más arriba que la eternidad de la muerte es en tanto significante.
Nos
parece así, que lo que Pascal intenta con su apuesta es, entonces, limitar
el saber en lo real, esta coincidencia que quiere que sepamos acerca de la
muerte, que ella ya no nos interrogue como a los antiguos, que no se
requieran entonces rituales para honrarla. Se convierte así en un proceso más
de la naturaleza; sabemos que nos espera la aniquilación total y que la
eternidad de la muerte no es sino la de una naturaleza que cumple con sus
leyes, esas leyes que la ciencia sabe.
Si
el punto de partida en Pascal y Sade es el mismo –también el terror-,
difieren en el tratamiento que encuentran para limitar esa coincidencia de
saber y real.
Comencemos
por Sade, quien entroniza el crimen como una necesidad, siendo lo único que
introduciría un corte en la eternidad de la materia: “...¡Un
más allá! ¿Por qué? ¿Por qué necesita el universo de un cuidador?
Tiene leyes eternas, inherentes a su naturaleza; no necesita promotor
original. El movimiento continuo de la materia lo explica todo; materia sin
personalidad, sin amor ni odios, sin hambre ni sed; materia sin recompensas
ni castigos; una materia sin mandamiento de piedra ni leyes de pergamino;
una materia sagradamente impersonal, de una indiferencia divina, que fluye
sin cesar.”[3]
Esta impersonalidad de la materia, esa indiferencia es el aniquilamiento
como una disolución anónima. Esta materia impersonal se regirá por un par
significante, creación y destrucción: “¿Qué
es el hombre y qué diferencia hay entre él y las otras plantas, entre él
y todos los otros animales de la naturaleza? indudablemente ninguna.
Fortuitamente colocado, como ellos, sobre este globo ha nacido como ellos;
se propaga, crece y decrece como ellos; como ellos llega a la vejez y cae
como ellos en la nada al cabo del término que la naturaleza asigna a cada
especie de los animales, en razón de la constitución de sus órganos...Pues
bien: ¿acaso el hombre le cuesta algo a la naturaleza? Y suponiendo que le
cueste, ¿acaso le cuesta más que un mono o que un elefante? Iré más
lejos: ¿cuáles son las materias generadoras de la naturaleza? ¿De qué
están compuestos los seres que nacen? ¿Acaso los tres elementos que los
forman no son el resultado de la primitiva destrucción de otros cuerpos? Si
todos los individuos fuesen eternos, ¿no le resultaría imposible a la
naturaleza crear nuevos? Si la eternidad de los seres es imposible para la
naturaleza, entonces la destrucción se convierte en una de sus leyes. Ahora
bien: si las destrucciones son tan útiles para ella que le resultan
indispensable, y si no puede realizar sus creaciones sin abrevar en esas
masas de destrucción que la muerte le prepara, entonces la idea de
aniquilación que asociamos con la muerte ya no será real; ya no habrá una
aniquilación efectiva; lo que llamamos el fin de un animal vivo ya no será
un fin real, sino una simple transmutación cuya base es el movimiento
perpetuo, verdadera esencia de la materia, reconocida por todos los filósofos
modernos como una de sus
primera leyes...¿os atrevéis a decirme que la transmutación es una
destrucción? Sin duda que no,
porque para ello sería necesario probar que existe en la materia un
instante de inactividad, un momento de reposo. Ahora bien: nunca descubriréis
tal momento.”[4]
La
muerte entra así en el movimiento de generación y destrucción de la
naturaleza, pero con ello deja de ser real; notable giro porque desde
entonces la eternidad de la muerte ya no es real. Es este giro el que hace
necesaria, entonces, la introducción de la segunda muerte, esa que
introduciría el instante de inactividad y reposo en la naturaleza, que Sade
nos dice imposible de descubrir.
Vemos
de esta manera que es por la vía de la destrucción redoblada en la segunda
muerte que en el sistema sadiano es posible escapar a ese encadenamiento
terrorífico de la materia –y del saber -. Así es en el tiempo del
redoblamiento de la destrucción que es posible pensar la muerte como real.
En
Pascal la salida al terror de la materia innominada toma otra dirección, no
ya aquella de la destrucción y la segunda muerte, sino la de la apuesta. Su
punto de partida es reconocerse entre dos infinitos, el de la pequeñez y el
de la inmensidad “Veo esos
terribles espacios del universo que me envuelven, y me encuentro atado a un
rincón de esta vasta extensión, sin que sepa por qué estoy situado en ese
lugar y no en otro, ni por qué este poco de tiempo que me ha sido concedido
para vivir me ha sido asignado en este momento y no en otro de toda la
eternidad que me ha precedido y de toda la que me sigue. No veo más que
infinitudes por todas partes, que me envuelven como a un átomo y como a una
sombra que no dura más que un instante
sin retorno. Todo lo que yo sé es que debo morir pronto; pero lo que más
ignoro es precisamente esa muerte que no sabré evitar. Como no sé de dónde
vengo, tampoco sé a dónde voy; y sólo sé que al salir de este mundo caeré
para siempre o en la nada, o en las manos de un Dios irritado, sin saber a
cuál de estas dos condiciones debo estar eternamente sujeto”.[5]
La
apuesta es un deber y también una renuncia a la razón: “Sí,
pero es preciso apostar. No es voluntario, estáis embarcados.”... “No
se puede vacilar, es preciso darlo todo. Y así, cuando se está forzado a
jugar, es menester renunciar a la razón para conservar la vida.”[6]
Hay en Pascal una apuesta a la incertidumbre, a lo incierto del futuro
que él demuestra por la regla de los partidos. Así en la apuesta, vemos
que no hay una apuesta por el saber, sino precisamente por la caída del
saber. Así la existencia se liga a lo incierto y a la apuesta.
Pascal
viene a mostrar que por la vía exclusiva de la razón la vida entra por la
pendiente de la aniquilación. Es que el concepto de la muerte decide el de
la vida. Y si la muerte es sólo aniquilación la vida no es más que un átomo
en la eternidad: “No veo más que
infinitudes por todas partes, que me envuelven como a un átomo y como a una
sombra que no dura más que un instante sin retorno.” Es esta vida la
que apuesta Pascal, para ganar las infinitas vidas futuras. Es que si la
muerte es una reintegración a una materia innominada, la vida, ella misma,
es interpretada como una partícula, un eslabón más, innominada también
ella.
Pascal
introduce el rasgo de incertidumbre en relación a la apuesta, interesante
para nuestros propósitos, ya que en Freud lo incierto se liga al padre, en
tanto este aparece como incierto.
Hay
en la apuesta pascaliana una abertura al futuro que no encontramos en Sade,
ya que éste ante el aniquilamiento retrocede promoviendo el disfrute sin límites
de los goces de esta vida. Pascal, por el contrario, hace la apuesta a las
infinitas vidas futuras. Nosotros pensamos que estas vidas futuras tienen un
punto de similitud con la promesa de Dios a Abraham de otorgarle una
descendencia infinita; no es como infinitud de la propia vida, sino como
infinitud de la vida en la descendencia.
En
Freud la muerte se conceptualiza como un contenido negativo, es decir un
punto de suspensión en el saber, ya que de reintegrarse al saber dejaría
esta negatividad. Que la muerte como real sólo se pueda conceptualizar como
negatividad nos dice que ningún saber podrá recubrirla, y que en
caso de pretenderlo la muerte sabida pierde su categoría de real.
Extraño movimiento, que nos parece habla de lo que es la muerte para un
sujeto, y no como movimiento de la materia, porque en este caso bastan los
sentidos para corroborar la putrefacción del cuerpo (¿acaso Antígona al
pretender la sepultura para Polínices no pretendía defender el concepto de
muerte como negatividad, esa que tanto se sustrae a los sentidos como al
saber?).
Intentaremos
sostener que el concepto de muerte como negatividad sólo se sostiene para
el sujeto en la certeza de haberle faltado al Otro. Que, a su vez, declina
en la certeza de que la propia muerte se inscribirá como falta para el
Otro, eso que se experimenta como dolor de los otros ante la muerte de uno,
el saber que seremos extrañados; y recordados, al menos por la generación
que nos sigue.
Sade,
en su testamento final hace alusión a esto, como si en el postrer momento
produjera ese giro renegado en todo su sistema:
“Cláusula V: Finalmente, prohibo que se haga la disección de mi cuerpo
bajo ningún pretexto, y deseo expresamente que permanezca en la habitación
en que yo haya fallecido durante cuarenta y ocho horas, dentro de un féretro
que habrá de ser clavado sólo después de transcurridas dichas cuarenta y
ocho horas. El comerciante maderero de Versalles, LeNormand. habrá de ser
llamado para que venga con su carreta y transporte mi
cadáver al bosque de mi propiedad en Malmaison, donde sin mayor
ceremonia habrá de ser enterrado en el primer matorral que vea al entrar en
el bosque. La tumba habrá de ser abierta por el inquilino actual de
Malmaison bajo la dirección de LeNormand, quien no deberá alejarse antes
de que el entierro se haya llevado a cabo. Si así lo desea, puede permitir
que lo acompañe cualquiera de mis amigos o parientes; si alguno de ellos
desea darme esa prueba final de su afecto, pude permitírsele, siempre
que todo ello se verifique sin pompa ni boato. Una vez que la tumba haya
sido cerrada, el piso deberá quedar cubierto de bellotas, para que todas
las huellas de la tumba desaparezcan de la faz de la tierra con la misma
rapidez que espero desaparezca mi recuerdo de las mentes de los hombres,
excepto de los pocos que, en su bondad, me hayan amado hasta los
último momentos de mi existencia (y cuyo recuerdo llevo conmigo
hasta el final).”(El subrayado es nuestro)[7]
A
la vez que pide el anonimato en
la sepultura cubierta de bellotas, sin nombre ni cruz, en una renovada
expresión de lo que la naturaleza puede reintegrar en su ciclo eterno de
renovación y destrucción, manifiesta el anhelo de ser recordado por
aquellos que lo han querido bien. Solamente este recuerdo puede hacer
innecesaria la segunda muerte.
La
Certeza de haberle faltado al Otro, viene dada por el amor. Haber sido amado
es lo único que salva al sujeto de no ser producto del Otro, lo que lo
dejaría en una posición de inermidad, que bien puede expresarse como
extrema insignificancia ante la infinidad de los espacios eternos. Pero
llamativamente este amor debe estar ligado al deber, deber de tomar la
incertidumbre a su cargo, a la vez que transmitirla.
No
es el llamado amor materno el que da la certeza de haber faltado, sino aquél
que puede ligarse al deber, y en este sentido al Nombre del Padre. Así, en
el amor ligado al Nombre del Padre vemos despuntar un factor de creencia,
que ya tempranamente en Freud emerge como operación nodal en la
estructuración subjetiva, diferenciando la psicosis de la neurosis: en
efecto, el paranoico es aquél que no cree, que no da
crédito a la vivencia primaria. Podemos nosotros agregar que el
paranoico es aquél que no cree en el amor del padre.
Pascal
que en su apuesta hace una apuesta a la creencia en lo incierto – Dios no
es probable por las vías de la razón, sino sólo como apuesta- nos dice
que la incapacidad de creer proviene de las pasiones, como si hubiera una
relación inversa entre una y otras. Este planteo es congruente con el
freudiano, ya que en Freud la llamada renuncia pulsional es una operación
necesaria para la subjetivación.
La
ligadura del amor al Nombre del Padre nos parece esencial, ya que de no
hacerlo el amor que puede dirigirse al falo no produce subjetivación.
Ser
el falo de la madre lo deja al sujeto en un lugar de inexistencia; es que el
falo es aquello que colma narcisísticamente y debe ser menguado. Ser el
falo da la sensación de inexistencia; es el falo como etéreo, como belleza
que queda ligada al cuerpo como una cobertura insustancial, solamente como
apariencia. De ahí a tener la sensación de una profunda impostura. Que el
niño sea amado como falo lo vuelca a quedar preso de una satisfacción
narcisística de la madre. Ese falo es parte del narcisismo de la madre; en
este punto hay cierto autismo materno. Así, quedar en ese lugar de falo,
generalmente se traduce por un sentimiento de no haber sido amado lo
suficiente por el sólo hecho de ser hijo. Esto nos lleva a pensar que en la
madre debe de haber algo más que el sólo hecho de tener un hijo como falo.
La
irrupción paterna produce un cambio de estado del falo, ya que del lado del
padre emerge como poder, y ligado al goce sexual. Es aquí que se escribe el
mito del padre de la horda: hay poder (que se articula como privación del
lado del sujeto) y goce sexual. Entonces, el goce sexual introduce una
privación al narcisismo sostenido por la identificación al falo. En este
caso hay merma narcisística, pero que no encuentra estabilización, ya que
el falo como poder se hace persecutorio para el sujeto.
En
un caso el yo como falo es consustancial al goce del Otro; en el otro caso
el yo queda excluido del goce del Otro y entonces el yo queda como residuo.
En esta lógica, entonces, el vaivén entre ser el falo o el desecho es
interminable. Podríamos decir que este movimiento está sostenido solamente
por la relación al falo, que se expresa en la basculación maníaco
depresiva.
Aquí
el padre bascula entre la impotencia y la pura potencia. De esta manera es
en la lógica del falo que se sitúa el horizonte incestuoso: una mujer que
cree firmemente en la potencia fálica del hombre, va a volcarse en otro
momento a hacer del hijo su falo. Pero al hacerlo ya no lo incorpora como
satisfacción sexual sino como narcisística. El Nombre del Padre, el amor
del padre –que es lo mismo- es lo que viene a estabilizar este vaivén y a
introducir entonces otra identificación: al objeto a.
Que hace que el deseo se adentre, entonces, en su relación al deseo del
Otro y la filiación.
Así,
el llamado amor materno parece sostenerse en relación al ser del falo, y el
amor del padre al ser del a, que
se traduce como el sentimiento de ser amado como hijo.
Una
madre narcisista retiene al hijo como falo, es en todo caso la madre fálica.
Pero en esta lógica, tanto lo retiene como lo deja caer. Ahora bien ¿qué
debe ser el hijo más allá del falo? ¿en qué debe sostenerse su
ser?
Una
aproximación estaría dada por la relación al deseo del Otro. Es en tanto
el deseo del Otro aparece más rechazado que emerge el deseo en relación al
falo, lo que hace del deseo un deseo insatisfecho o imposible, siempre
inestable en todo caso.
Hay,
entonces, una basculación de falo a objeto. Es la identificación al objeto
la que limita la identificación al falo; así, si el objeto no está
asegurado, la caída de la identificación al falo es pura privación, falta
de amor, que se significa: si soy el falo me ama, si no lo soy me rechaza.
Aquí es cuando emerge con mayor potencia la reivindicación de ser amado
por lo que uno es; es decir no por la apariencia fálica. Aquí el ser sólo
puede ser en relación a la filiación, a la cadena filiatoria.
En
este sentido el falo no guarda relación a la cadena filiatoria, por eso la
sensación de ser excepción.
Ser,
es ser un eslabón en la transmisión de la cadena. Pero, veamos: si se
redujera a ser sólo un eslabón podría experimentarse la sensación de
absoluto desposesión, Debe de ser entonces un eslabón amado: aquél
encargado de transmitir, de eslabonar.
Entonces:
tanto un eslabón más en la cadena, como el encargado de eslabonar. Esta
dualidad es propia del padre, aquella que al decir de Lacan lo hace doble
agente. Agente transmisor como eslabón, y a su vez agencia eslabonadora.
Transmisor del nombre y a la vez nombrante; esta es la dualidad del sujeto
No
es la identificación al falo lo que instituye la categoría de hijo (vimos
que se vuelca rápidamente al desecho). A nuestro entender es la
identificación al a, es decir a
aquello que para sostenerse necesita introducir una relación a la diacronía
y no ya solamente a una sincronía universal del falo.
Es
en relación al a que el deseo
toma una dimensión ética, porque en el deseo del Otro se trata de una
falta ética que el sujeto por venir se ve compelido, llamado a reparar.
En
el caso de la relación al falo, la falta se manifiesta solamente como falta
de falo, es decir en relación a un goce sexual. Nada de esto puede conducir
al sujeto a un acto que sea ético.
Si
el hijo es destinado a reparar en la vía fálica, esa reparación siempre
va a ser al narcisismo del Otro. Si es destinado a reparar en la vía del
deseo del Otro, la reparación es ética y la satisfacción es de otro
orden: ligada a un deber que filia y enlaza.
Es
entonces, en el entrecruzameiento de amor y deber que se instaura la relación
al a.
Si
se disjuntan amor y deber, podemos ver un amor que se dirige exclusivamente
al falo, y en este sentido es pura exigencia narcisística de satisfacer al
Otro. Y por otro lado, un deber que se hace sacrificial, sino persecutorio.
El deber Kantiano es un deber disjunto del amor.
Mauss
al escribir las conclusiones al Ensayo sobre los dones, nos orienta sobre
aquello que ha intentado demostrar en el ensayo mismo: que no todo se reduce
al mercado: “Felizmente no está
todavía todo clasificado en términos de compra y venta. Las cosas tienen
todavía un valor sentimental además de su valor venal...Tenemos otras
morales además de la del mercader”...“el Homo economicus no es nuestro
antepasado, es nuestro porvenir...El hombre, durante mucho tiempo ha sido
otra cosa. Hace sólo poco tiempo que es una máquina complicada con una máquina
de calcular”.[8]
Esta
ubicación - esta apuesta, al decir de Derrida- de Mauss, a que lo humano no
se define solamente por el intercambio, es lo que va a organizar su trabajo;
y lo que va a intentar demostrar. Y, que Lévi-Strauss va a criticar, pero
porque la apuesta de él es precisamente la contraria, aquella que quiere
que el intercambio defina todo lo humano.
El
Ensayo sobre el don va a ser
entonces una descripción y análisis de algunos ritos y costumbres de
distintos pueblos, que van a servir para probar que hay un excedente
respecto del valor de uso y de cambio de los objetos. Es que hay ritos de
destrucción, como el potlach,
que no podrían explicarse en una racionalidad del intercambio.
El
potlach es aquella costumbre que
hace que ritualmente se produzcan destrucciones masivas de bienes con el
solo fin de obtener prestigio; quien destruye mayores riquezas demuestra
mayor prestigio, a la vez que poder. Así hace aparecer un valor que no se
asocia ni al uso ni al intercambio, sino, en este caso, al poder. Pero además,
Mauss nos dice que este ritual de destrucción exige la misma
correspondencia que se pone en juego respecto de las prácticas de los
dones, a saber, la obligación que tiene aquél que ha recibido un objeto de
don, un regalo, de corresponder con regalos similares, ya sea al donador
o a un tercero, manteniendo, de esta manera, una especie de
equilibrio que querría que esta circulación no se interrumpa. Y esto se
explica porque el objeto portador del maná
o del hau, en caso de acumularse
tiene un poder maléfico. Es así que aparece la noción de contra-don, es
decir que el que recibe está obligado, a su vez, a donar; con lo cual
pareciera que finalmente en esta circulación de los dones se restablece una
lógica de intercambio.
Es
en relación a este punto que Derrida va a asentar su crítica cuando
comente el Ensayo, diciendo que Mauss, al insistir con que el don se
corresponde con una contraprestación, habla de todo menos del don. Es que
Derrida quiere sostener que el don es aquello que escapa a toda lógica de
intercambio.
Mauss
intenta mostrarnos que las prácticas rituales están en el origen de lo que
luego se va a definir como intercambio, pero sin lograr en última instancia
escapar a esta lógica. Recorre para esto las prácticas del derecho romano
para señalar los ritos acompañantes del intercambio, para decirnos que aún
donde ya se ha establecido el intercambio persisten restos de lo ritual. Así,
tanto en el nexum romano como en
el wadium germánico va a
encontrar los residuos de los dones obligatorios: "En
el derecho romano quiritario, la entrega de los bienes –los bienes
fundamentales eran los esclavos, el ganado y más tarde los inmuebles- no
tenía nada de simple o de profano. La entrega era siempre solemne y recíproca”.[9]
Así
se adentra en examinar las categorías de las posesiones, para establecer
una distinción en los objetos y decirnos que la res
en su origen debió ser algo distinto de la cosa bruta, del objeto de
transacción, para terminar con una aseveración interesante: que la
“res fue, sobre todo, lo que daba satisfacción
a otro”. Mauss quiere probar ese otro vínculo con la cosa, que no se
deja reducir ni el intercambio ni al uso, pero a nuestro entender encalla
nuevamente ya que la satisfacción a otro es lo que entra en el intercambio,
en la reciprocidad. Hay un momento en que pareciera asomar otra posibilidad,
que es cuando al referirse a la etimología de la palabra res
hace mención a que “es posible que
las antiguas lenguas itálicas hayan tenido dos palabras correspondientes y
antitéticas para designar la cosa que se da y que da satisfacción, res;
y la cosa que hace falta, egmo, y que se espera”. Importante
distinción; porque, a nuestro entender, el don estaría más ligado a la
noción de egmo que a la
de res.
Es
que aquello que se da en la dimensión de la satisfacción reclama
forzosamente la correspondencia, es decir el contra-don, la devolución, si
se quiere, de una satisfacción similar a la recibida. En esta perspectiva
es que se ubica el potlach, en
tanto la destrucción se acompaña de la satisfacción del prestigio. Es en
este sentido que va a aparecer la doble vertiente del regalo, cuando Mauss
analice el vocablo alemán gift,
que tanto significa regalo como
veneno.
Al
tomar el ejemplo del derecho germánico antiguo va a hacer referencia al
estudio del gift y de las
instituciones designadas por ese nombre. Va a encontrar entonces ciertas
similitudes con el nexum romano,
y se va a centrar en el wadium,
práctica en la cual, además del objeto del intercambio, se ponía en juego
otro objeto como garantía del contrato, objeto en general con un valor mínimo,
que el contratante obligado a pagar cedía al contratante con derecho al
cobro hasta el momento de cumplimentar su pago. Este objeto entregado por,
digamos, el comprador al vendedor, obligaba a ambos de una manera especial
al cumplimiento del contrato. Al donador, porque el objeto contenía algo de
sí mismo, de su prestigio, y al donatario porque la posesión del mismo se
volvía inquietante. Es que la posesión de este objeto tenía el sentido de
una carga maléfica que presionaba a descargarse de ella, so pena de quedar
como objeto de ese poder maléfico. Es aquí que aparece la doble vertiente
de gift, que es regalo, pero que
si se lo retiene envenena.
Creemos
que en todos estos ejemplos el don aparece vinculado estrechamente con el
falo, lo que le da esta característica de doble faz. Y creemos también que
es esta vinculación al falo lo que le permite afirmar a Mauss que tal vez
el origen del cambio haya que buscarlo en el ritual. No está lejos, después
de todo, en estas consideraciones de aquellos que opinan que tal vez el
origen del número se deba no a una originaria práctica de intercambio de
bienes, sino a prácticas rituales, que a su vez justificarían la posible
prioridad en el tiempo del surgimiento de los ordinales a los cardinales.[10]
Y
entonces parece atinada la afirmación que Lévi-Strauss hace en la
Introducción: “Estamos, pues,
justificados para afirmar que si Mauss hubiera podido concebir el problema
del juicio de forma distinta que dentro de los términos de la lógica clásica,
y lo hubiera formulado en términos de la lógica de relaciones, entonces,
incluida la función de la cópula, las nociones que desarrollan su
argumentación (lo dice expresamente: el mana juega el papel de la cópula
en la proposición), es decir, el mana en la teoría de la magia y el hau en
la teoría del don, habrían perdió toda su fuerza y razón”. ¡Touché!
El golpe de gracia ha sido dado: el mana
y el hau reducidos a un símbolo.
Y no por capricho de Lévi-Strauss, sino por cierta vinculación de ese falo
misterioso y maléfico con el símbolo. De aquí en más puede pasar a la
categoría de equivalente universal del intercambio, ese carácter que Marx
le da a la moneda. Es que Marx también se enceguece en querer reducir todo
a valor de cambio y de uso; aún cuando teoriza sobre la plusvalía, porque
como el nombre lo dice termina haciendo valor de lo que no es valor.
Nos
parece que reducir lo problemático de la noción de mana
y hau al símbolo, es una manera,
racional claro está, de sacarse de encima el poder maléfico del falo.
Pero
Maus nos da la indicación de otra manera para trasponer ese poder, que a
nuestro entender hace a ir cercando la noción del verdadero don. Es cuando
en el tratamiento de la doble vertiente de la palabra gift,
nos trae una de las estrofas del Edda, aquella de las palabras del héroe
del relato, Hreimar, respondiendo a la maldición de Loki:
Hiciste
regalos,
Pero
no los hiciste con amor,
No
los diste de corazón,
Por
ello la vida te será arrebatada.
Es
en la articulación con el amor que puede emerger el don, aquél que en todo
caso no urge a traspasar el objeto cargado, que no obliga tampoco al
contra-don. Seguimos en esto a Derrida cuando en su comentario sobre el don
dice: “Ahora bien, el don, si lo
hay, se refiere din duda a la economía. No se puede tratar del don sin
tratar de esa relación con la economía, por supuesto, incluso con la
economía monetaria. ¿Pero el don, si lo hay, acaso no es también aquello
mismo que interrumpe la economía? ¿Aquello mismo que, al suprimir el cálculo
económico, ya no da lugar al intercambio?”. La supresión del cálculo
nos parece decisoria. Porque el cálculo es siempre de lo que se tiene
(aunque esté todo él sostenido en el cero, que es el símbolo de la nada).
En esta lógica del cálculo la falta es tratada como un símbolo más, y así
si el don es aquello que interrumpe el cálculo no lo es para negar el símbolo
sino para indicar que no todo es símbolo, que no todo es tratable en la lógica
del intercambio, que hay un punto de suspensión del valor. Ese punto –el
poema lo señala- es el amor, tomado por nosotros en la definición dada por
Lacan: dar lo que no se tiene a quien no lo es. La definición misma hace
resaltar el don y el no tener, en una articulación que escapa al
intercambio.
Creemos,
precisamente, que es cuando no se puede producir la interrupción del cálculo
que emerge la necesidad de la destrucción, aquella ritual que Mauss
describe en el potlach, como
aquella otra, teórica, que Sade necesita en su sistema, la segunda muerte,
la que interrumpe el incesante encadenamiento.
La
clínica también testimonia de esta necesidad, y fue por esta necesidad que
Freud escribió su artículo “Los que fracasan al triunfar”.
En
“Los que fracasan al triunfar” Freud nos trae como ilustración de esta
pendiente a Lady Mac Beth, quien en su desmedido afán de poder se interna
por el camino del crimen para quedar, finalmente, expuesta al derrumbamiento
de todo su poder, a la vez que presa de sus intrigas.
En
la escena tercera, Macbeth, que regresa triunfante de la batalla en la cual
resultó vencido el rey de Noruega, tiene un encuentro con las brujas,
quienes al saludarlo haciéndolo con sus títulos actuales y aquellos que aún
no tiene, abren un espacio de oráculo, que como todo oráculo mostrará
finalmente el error del sujeto que lo interpreta, cuando la interpretación
está guiada por el falo, y el afán que este abre: ¡Salve,
Macbeth! ¡Señor de Glamis, salve!...¡Salve, Macbeth! ¡Señor de Cawdor,
salve! ...¡Salve, Macbeth! ¡Salve
a ti, que serás rey!.
La
inicial sorpresa de Macbeth es reforzada con la llegada de Ross quien le
transmite el encargo del Rey de comunicarle que como prenda de honor acababa
de ser nombrado señor de Cawdor. De esta manera queda abierto el camino que
incita al deseo del otro título proferido en el oráculo, el de rey.
Olvidando, claro está, que en ese mismo encuentro las brujas, ante la
demanda de Banquo de algún oráculo para él, le contestan: “Tú,
menos grande que Macbeth, aunque más grande...Menos dichoso, pero más
dichoso...Padre de reyes, aunque no seas rey.” Oráculo, que al final
de la tragedia mostrará su no contradicción con aquél proferido a Macbeth,
cuando el hijo de Banquo sea coronado, luego de la caída y muerte del
traidor rey sin descendencia, Macbeth.
En
la escena quinta hace su entrada Lady Macbeth quien enterada, por carta
enviada por su esposo, de que éste fue nombrado señor de Cawdor y del
presagio de las hechiceras, exclama: “Ya
eres Glamis, y Cawdor; y serás lo que te han prometido. Pero yo temo a tu
naturaleza demasiado repleta por la leche de la bondad humana como para
tomar el camino más breve. Tú quisieras ser grande, no te falta ambición,
aunque sí el odio que debe acompañarla...Ven pronto, ven, para que pueda
vaciarte mi coraje en tus oídos, y azotar con el brío de mi lengua todo lo
que te aparta del círculo de oro con que hados y ayudas sobrenaturales
querer, parecen, coronarte.” Vemos a Lady Macbeth poseída por un
ardiente deseo de poder, que hace a que comience a tramar la idea de
asesinar a Duncan, el rey. Y la puesta en escena del instrumento de su poder
“el brío de mi lengua”, ahí
donde precisamente se refugia el goce fálico en la mujer.
Punto
interesante, ya que veremos despuntar en las páginas siguientes la crueldad
de Lady Macbeth, toda ella deslizándose en esa vertiente de poder y
competencia, que bien podemos ubicar con Freud en la vertiente de la envidia
fálica, ahí donde no hay lugar para un futuro hijo, que en caso de venir
lo será solamente a título de falo, de rehén tomado en esta lógica del
tener. Es rechazando lo más propio de lo femenino que una mujer se sostiene
en esta contienda y Lady Macbeth es la prueba de ello: “¡Espíritus,
venid! ¡Venid a mí, puesto que presidís los pensamientos de una muerte!
¡Arrancadme mi sexo y llenadme del todo, de pies a cabeza con la más
espantosa crueldad!...¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi
leche en hiel...” En la lengua original es aún más fuerte la relación
al rechazo de su sexo femenino:
“Come, you spirits that tend on
mortal thoughts, unsex me here...”.
Porque
la partícula un
nos muestra que se trata de una negación, que interpretamos como rechazo.[11]
Unsex
es rechazar lo propio del sexo de la mujer, que se vuelca entonces en el
rechazo de la descendencia, lo que bien se puede ver en el pedido de
transformar la leche en hiel. Avanzando en el texto podemos ver nuevamente
este rechazo, cuando, ante las vacilaciones de Macbeth en llevar adelante el
asesinato de Duncan, el rey, Lady Macbeth, presionándolo, exclama: “Mi
leche yo la he dado y sé cuán tierno es amar al ser que se amamanta; pues
bien, en ese instante en que te mira sonriendo habría arrancado mi pezón
de sus blandas encías y machacado su cabeza si lo hubiese jurado como
juraste tú”.
Si
algo define a la posición femenina es que en algún punto pone en suspenso
la primacía fálica, y hace que haga su entrada en el mundo el orden del
don. Su deseo de un hijo ya no será entonces aquél de la competencia fálica,
que lo dejaría al hijo, de ser así, en la inermidad de ser tanto un falo
etéreo como un resto depreciado. No olvidamos en este punto la indicación
de Lacan en el seminario La Angustia cuando define a la madre fálica como
aquella que en algún momento dejó caer al hijo de sus brazos. Este gesto
es significativo en el contraste de aquella madre que pasa el hijo a los
brazos del padre, para lo cual es necesario que el deseo de la mujer se
desdoble en dos direcciones, la que apunta al falo, y aquella otra que se
dirige al Nombre del padre.
Cuando
el deseo está sostenido fundamentalmente en la envidia fálica, lo que
vamos a encontrar es la insuficiencia del amor de la mujer al Nombre del
padre. En Macbeth vemos emerger esta coloración en el dialogo de un hijo
con su madre, en este caso entre Lady Macduff y su hijo:
Hijo
¿por
qué, madre?
No
las colocan para pájaros pobres.
Mi
padre no está muerto, pese a lo que decís.
Lady Macduff
Sí
que está muerto. ¿Cómo podrás encontrar otro padre?
Hijo
Y
vos, ¿cómo encontraréis vos otro marido?
Lady Macduff
Puedo
comprarme veinte, y en cualquier mercado.
Hijo
Los
comprarás entonces para revenderlos
...................................................
Lady Macduff
¡Que
Dios te proteja! ¡Pobre cachorro mío! ¿Cómo encontrarás otro padre?
Hijo
Si
estuviera muerto lloraríais por él; y si no lo hicieseis
sería
inequívoca señal de que pronto iba a tener un padre nuevo.
Este
diálogo parece calcado de aquél que Hamlet mantiene con su madre, reprochándole
también el olvido prematuro del padre y su rápido reemplazo. Es comentando
ese diálogo que Lacan hace la observación de que la reina, madre de Hamlet,
estaría fuertemente llevada por lo genital, para lo cual utiliza la figura
de una concha entreabierta. Decir esto, a nuestro entender es decir que el
deseo sostenido en el falo toma predominancia en detrimento del amor que se
dirige al Nombre del padre.
Por
esto se trata de comercio, de puro intercambio; Lady Macduff puede comprarse
veinte maridos si así le place, y revenderlos en la ironía del hijo.
La
predominancia del falo, que tanto la vemos en la avaricia del poder como en
la desvergüenza de Lady Macduff de convertir a su marido en un bien
transable, es lo que domina toda la pieza, y por esto, a nuestro entender,
la necesidad de que la tragedia culmine en el derrumbe del poder –que a su
vez se lleva la vida- como intento de introducir un tope al incesante
intercambio. En este punto la tragedia realiza, a su manera, lo que otros
con el potlach.
Si
Lady Macbeth es para Freud un ejemplo clínico del fracaso en el triunfo, es
porque rechazando lo más propio de lo femenino rechaza el amor. Si éste se
sostiene en el orden del no tener, la destrucción intenta,
desesperadamente, alcanzar el no tener a
través de la destrucción del bien.
Freud
al traer el personaje de Lady Macbeth para ilustrar este movimiento paradójico
de los que fracasan al triunfar, nos dice que esta obra de Shakespeare es
menos la tragedia de la ambición que la de la no-descendencia. Y así,
ubica como probable que sea la esterilidad la desencadenante de la tragedia:
“La enfermedad de lady Macbeth y la transformación de su ánimo
homicida en remordimiento quedarían, así, explicadas como reacción a su
esterilidad...”. Refuerza Freud esta interpretación con la ubicación
histórica de la obra, recordando que fue escrita con motivo de la ascensión
de Jacobo, rey de Escocia, al trono de Inglaterra, creyendo encontrar,
entonces, referencias a la esterilidad de la reina Isabel :”La virginal
Isabel, de la cual se murmuraba que nunca había podido concebir hijos y que
al recibir la noticia del nacimiento de Jacobo se había calificado a sí
misma, dolorosamente, de tronco seco, se había visto obligada, por su
esterilidad, a verse suceder por el rey de Escocia, hijo de aquella María
Estuardo a la que Isabel había enviado al cadalso”.
Nos
interesa, y mucho, esta ubicación porque nos permite decir que este
desencadenamiento de destrucción y crimen se produce cuando la descendencia
se encuentra imposibilitada. No fácticamente, sino en la estructura.
Freud
escribe “Consideraciones sobre la guerra y la muerte” en pleno
desarrollo de la guerra mundial de 1914, y lo hace revelándonos la decepción
que lo atraviesa: la idea de progreso, tanto técnico como espiritual, que
la burguesía sostenía desde su ascenso al poder, se veía súbitamente
desmoronada, no el cuanto a lo técnico, claro, sino en relación a lo
espiritual. La destrucción, el aniquilamiento y la barbarie asomando en los
hombres y en los pueblos de “cultura más elevada”. Esta caída parece
también concernir a la noción de muerte; y así, Freud hace un recorrido
sobre el concepto de muerte para precisar cuál es aquél que corresponde al
inconsciente. A su entender el inconsciente procede como aquel que Freud
llama el hombre primordial. Para esto describe la actitud ante la muerte del
enemigo, por un lado; y por otro ante la suya propia. La muerte ante el
enemigo se le apareció como supresión de la vida, como aniquilamiento de
algo odiado. Pero ante su propia muerte este reconocimiento se encontraba
fuertemente obstaculizado. Y supone en este mito de origen, que en el
encuentro con la muerte de alguien amado, hizo en su dolor, la experiencia
de que él también podía morir. Punto interesante, porque en este mito el
reconocimiento de la propia muerte debe pasar por los andariveles del amor,
aunque en el mismo párrafo Freud nos diga de la ambivalencia ante la muerte
del ser querido: dolor en relación al amor, satisfacción en relación al núcleo
de extrañaza y enemistad que él ubica en todo semejante. Si algo empuja en
el camino del reconocimiento de la propia muerte, es partir de esta
ambivalencia, que no se presenta ahí donde la muerte es experimentada como
aniquilamiento, es decir en el goce por la muerte del enemigo. “Ante
el cadáver del enemigo vencido, el hombre primordial debió de saborear su
triunfo, sin encontrar estímulo alguno a meditar sobre el enigma de la vida
y la muerte. Lo que dio su primer impulso a la investigación humana no fue
el enigma intelectual, ni tampoco cualquier muerte, sino el conflicto
sentimental emergente a la muerte de seres amados, y sin embargo, también
extraños y odiados. De este conflicto sentimental fue del que nació la
Psicología. El hombre no podía ya mantener alejada de sí la muerte,
puesto que la había experimentado en el dolor por sus muertos; pero no quería
tampoco reconocerla, ya que le era imposible imaginarse muerto. Llegó,
pues, a una transacción: admitió la muerte también para sí, pero le negó
la significación de su aniquilamiento de la vida, cosa para la cual le habían
faltado motivos a la muerte del enemigo”.
Nos
parece clara la articulación que hace Freud, de que la única posibilidad
de la admisión de la propia muerte, es retirarle a la misma la significación
de aniquilamiento. Es que el aniquilamiento se asocia a una satisfacción,
del sujeto ante la muerte del otro no amado; pero esto mismo abre a la
pregunta de quién se satisface, entonces, si la muerte como aniquilamiento
es la propia. Entonces, ¿el terror ante la propia muerte, no será ante
esta satisfacción tanto más amenazante cuanto más inubicable?
Sabido
es que Freud nunca creyó en el surgimiento autónomo de la conciencia ética,
que la subordinó a un primer magma de angustia social. Al considerar el
concepto de muerte nos vuelve a traer su idea del nacimiento de los primeros
preceptos éticos:”Ante
el cadáver de la persona amada nacieron no sólo la teoría del alma, la
creencia en la inmortalidad y una poderosa raíz del sentimiento de
culpabilidad de los hombres, sino también los primeros mandamientos éticos”.
Con lo cual quedan anudadas la noción de inmortalidad y ética.
Mal
podríamos pensar, entonces, que la noción de inmortalidad es un simple
engaño de los débiles, y tontos que no osan mirar a la muerte de frente.
Si la ética es lo que define lo humano –por lo menos en una posición que
ya implica una elección ética- deberemos reconocer que la noción de
inmortalidad es también inherente al hecho humano. Que la inmortalidad no
se plantea como engañifa a la que el sujeto recurre para escapar a lo real
ineluctable de la muerte, sino un concepto necesario a través del cual el
sujeto no solamente se inscribe en la cultura, sino por el cual se
compromete a sostenerla.
Podemos
leer en los síntomas las vicisitudes de este entramado, las maneras en las
cuales el sujeto se ha sustraído a esta llamada de compromiso, las caídas
éticas de su deseo La neurosis
es de una época en la cual la muerte parece asomar solamente como
aniquilamiento. Freud en el mismo texto que estamos citando lo dice, “...detrás
de esta superstición se oculta una sensibilidad ética que nosotros, los
hombres civilizados, hemos perdido”.
Y si nos gusta citarlo en este punto, es porque creemos que lejos está
Freud de pretender de esto una queja nostalgiosa de los buenos viejos
tiempos perdidos, sino porque permite ubicar el camino de la cura al ubicar
la neurosis: “Como
al hombre primitivo, también a nuestro inconsciente se le presenta un caso
en el que las dos actitudes opuestas ante la muerte, chocan y entran en
conflicto, la que la reconoce como aniquilamiento de la vida y la que la
niega como irreal...Pero de esta ambivalencia no nacen ya, como en tiempos
remotos, el animismo y la ética, sino la neurosis”.
Ubicarse
como objeto del deseo participa siempre de cierta dosis de masoquismo; no es
sino esta aseveración la que nos trae Freud al elaborar la noción de
masoquismo primordial, y que Lacan renueva señalando el goce masoquista que
está interesado cada vez que alguien se ubica como objeto de su propio
deseo (Se entiende, claro está, que aquí lo propio se refiere a esa relación
al deseo del Otro constituyente).
De
esta manera al goce masoquista lo podemos seguir en el viraje que va desde
la práctica perversa a aquellos
casos en los cuales es reconocible como fondo de todo sacrificio.
Seguir los vericuetos del sacrificio conduce siempre a cruces de camino que se nos presentan como paradojas: es esto lo que precisamente pone de manifiesto Kierkegaard cuando escribe “Temor y temblor” al confrontarnos con la tremenda paradoja de que Abraham haya estado dispuesto a sacrificar lo más amado, su hijo Isaac. Y que además, haya sido por esta disposición que finalmente haya recuperado a Isaac: que por haber consentido en darle muerte lo recupere.
En ese bello texto Kierkegaard avanza que es en el plano de la fe que el acto de Abraham encuentra justificación, ya que en el plano de la ética habría sido censurable y punible.( Para él el plano de la ética es tanto el de la mediación hegeliana, como aquél en el cual se ubica el héroe trágico, quien, a diferencia del silencio abrahámico, interviene en el plano de lo general hablando). Pero de esta manera desgaja el deber de Abraham de la ética y lo vuelca en relación a la fe religiosa, movimiento que termina preservando a la ética de tener que responder por esta paradoja.
Derrida en “Dar la muerte” vuelve a traer el admirable trabajo que Kierkegaard hace respecto del sacrificio de Abraham, y subraya la insistencia que en el texto toma el señalamiento del silencio de Abraham, desde el momento en que recibe la orden de Dios hasta el punto culminante del sacrificio. Quiere Derrida mostrarnos que en relación al sacrificio hay una suspensión de la palabra, que toda la escena se desarrolla sin intercambiar palabras, excepto en el momento en que Isaac interroga a su padre y éste responde.
Resaltar este silencio va en la línea del autor que está comentando – Jan Patocka- quien al desarrollar la noción de responsabilidad la entrama con la de secreto. Resumiremos muy brevemente el comentario de Derrida: ubica Patocka en la génesis histórica de la responsabilidad dos movimientos constitutivos del secreto: un primer movimiento de represión de lo orgiástico - y de la irresponsabilidad que este plano orgiástico conlleva- constituyendo un primer plano de la responsabilidad, que es aquél que corresponde a la polis griega. Coinciden en este plano tanto la política como la Filosofía, y se caracteriza por el movimiento de diálogo, de relación al otro. Habría en este plano de la Filosofía una incorporación del misterio orgiástico –lo demoníaco orgiástico, lo llama- como secreto, pero que al conservarlo le imprimiría ciertos rasgos propios: por ejemplo al decir que el filósofo es un taumaturgo.
El otro movimiento del secreto correspondería al mysterium tremendum de la experiencia del Dios judeo-cristiano. Aquí el secreto ya no se corresponde con la reciprocidad con el otro, ya que hay una absoluta disimetría respecto de ese Otro en relación al cual surge la figura del mysterium tremendum. Y Patocka afirma que es en relación a esta falta de correspondencia que surge la responsabilidad, como absoluta.
Al subrayar, entonces, este silencio de Abraham nos dice que allí en donde hay un acto de responsabilidad es sobre un fondo de silencio, de secreto. A nosotros esta noción nos parece clave, porque pretendemos que la noción de responsabilidad se corresponde con un absoluto no negociable. Es en el plano de la política que se sostiene la negociación, como mediación para dirimir los tantos. Y esta negociación no es sino el desarrollo de la palabra, hablarle al otro para recibir de ese otro una correspondencia. Así creemos reconocer en la dimensión del síntoma esta negociación; la noción freudiana de transacción arrima esta perspectiva. Es una política, que como tal se sostiene en el diálogo, y tal vez sea por esta característica que cuanto más interpretamos el síntoma más lo afianzamos. Es que el síntoma como tal se sostiene de esta política.
No es entonces en la dimensión del síntoma que ubicamos el silencio de Abraham. Es un callar que no apunta a producir ni a mantener un diálogo, sino a sostener un acto; que en este caso tiene como horizonte un sacrificio. Y Derrida acentúa que este silencio lo debemos leer como suspensión del intercambio y del cálculo: en el punto cúlmine del deber al que se somete Abraham no hay negociación, no hay intercambio. Abraham no sabe de las razones de Dios para exigirle este sacrificio; toda correspondencia puesta en suspenso. Sólo unas pocas palabras, aquellas de la respuesta a la pregunta de Isaac “Padre mío(...)He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Y la respuesta de Abraham “Dios proveerá”. Trataremos de sostener que este diálogo no es el de un intercambio de reciprocidad. Y que porque no es recíproco, es que está entramado íntimamente con el silencio y el secreto.
Así el sacrificio viene a instalarse en el punto en donde cesa la economía, en donde el valor de cambio –el intercambio- declina su primacía. Que Abraham haya estado dispuesto a sacrificar su amado hijo, nos dice que esta paradoja la debemos encontrar en todo padre, y que entonces es consustancial a la filiación el pasaje por este nudo. Decimos así, que la filiación sólo es posible cuando se anuda un deber absoluto con el amor: sólo el amor puede hacer que la absolutidad del deber no sea persecutoria, y sólo un deber absoluto puede hacer que el amor no dispense de la responsabilidad.
En otro lugar –parafraseando a Kierkegaard- decíamos que por haber estado dispuesto Abraham a empuñar el cuchillo es que había podido articularse el tiempo de la renuncia: aquél en el que Jehová ordena detener la mano a Abraham para sustituir a Isaac por el cordero. Si el tiempo de la renuncia es el que articula la instancia paterna, le es necesario a ésta el primer movimiento hacia el sacrificio.
En el mito bíblico la renuncia se ubica en Dios, ya que es él quién ordena suspender su orden anterior. Y Kierkegaard permanece fiel a este delineamiento, ya que sostiene que es por la fe que esta renuncia es posible.
Quisiéramos traer aquí otra puntuación, que nos parece más cercana a la clínica, ya que nos permite articular la renuncia como viniendo del sujeto. Detengámonos un instante en la pregunta de Isaac ¿dónde está el cordero para el holocausto?: podemos suponer justamente que la pregunta está motorizada por un saber: Isaac sabe que él es el objeto de sacrificio. Sabe, pero no se rebela; solamente interroga. La repuesta surgida de Abraham nos parece esencial y sobre ella nos vamos a detener. Podría pensarse en un primer momento que se trata solamente de una respuesta de lado, aquella que escamotearía una verdad indecible. Sumido en la terrible ambivalencia de obedecer a Dios que obliga a la más extrema crueldad, su repuesta “Dios proveerá” podría haber sido un atajo con el que no sólo engañaba a Isaac, sino a él mismo. Pero qué se nos revela si esa respuesta la leemos como una apuesta?: entonces ya no es un atajo, sino que acerca el Dios de Abraham al de Pascal. Es la lectura que nosotros proponemos.
De esta manera en la apuesta está contenida la renuncia: Dios proveerá dice ya de la suspensión del sacrificio de la vida de Isaac –pero también la de Abraham- y su reemplazo por el cordero. Es en la apuesta que está contenida la metáfora paterna, y es esa apuesta la que sostiene el Nombre del padre. De no ser así no habría una renuncia sostenible, porque ¿qué asegura que un Dios arbitrario no vuelva a pedir un segundo después nuevamente la vida de Isaac? Es por la apuesta que ese Dios deja de ser arbitrario, y es también por la apuesta que Abraham recobra a Isaac.
Hay
en la apuesta una relación al Nombre del padre distinta de aquella que se
sostiene en el síntoma, que es una relación de represión. Creemos
encontrar en la clase del 22 de enero de 1969 del Seminario “De un Otro al
otro” la referencia: “El nombre del Padre-lo voy a anunciar así de
partida, porque tal vez sea la mejor manera de hacerlos despegarse del
efecto de fascinación que se desprende de sus vericuetos- el nombre del
Padre en el que insisto para decir que no es por azar que no he podido
hablar de él, el nombre del
Padre toma acá una forma singular, que les ruego reparar bien a nivel de la
apuesta.(...)esta forma singular, es lo que llamaré: lo real absoluto; y lo
real absoluto, en este pequeño papel, es lo que se enuncia como cara o
cruz.”
Hay
entonces en la apuesta un entramado entre el Nombre del Padre y lo real, que
a nuestro entender se sostiene del silencio. Por esto es que Lacan dice que
no es por azar que no ha podido hablar del Nombre
del Padre[12];
es que tal vez la relación del Nombre del Padre al acto se sostenga del
silencio.
Nos
acerca esto, entonces, a la reflexión de Patocka cuando nos plantea la
relación de la responsabilidad con el secreto: y también en sostener el núcleo
de irresponsabilidad que incluye el acto de responsabilidad: lo decíamos al
principio de nuestro trabajo, una falta en la responsabilidad precedente que
el acto debe retomar. En Patocka esta noción la encontramos al ubicar un núcleo
de irresponsabilidad en relación a lo orgiástico incorporado en el primer
movimiento de pasaje a la responsabilidad política.
[1] Pascal, B. “Pensamientos”.427(194-335) y 428 (195-334/107). Ed. Altaya 1997. Barcelona
[2]Marqués de Sade. “Juliette”. Ed. Diable Erotique. 1982. Argentina
[3] Marqués de Sade. Op. citado
[4] Marqués de Sade. “La filosofía en el tocador”: Franceses, un esfuerzo más, si queréis ser republicanos. Editorial La página. Enero de 2000. Buenos Aires.
[5] Pascal,B. Op citado.427 (194-33519.
[6] Pascal,B. Op citado 418 (233-451)
[7] Marqués de Sade. Ultima Voluntad y Testamento. Op. Cit.
[8] Mauss, M. Sociología y antropología. Sobre los dones, conclusión. Ed. Tecnos. Madrid 1979.
[9] Mauss, M. Op. cit. Cap. III “Supervivencia de estos principios en los antiguos sistemas jurídicos y económicos”.
[10] Boyer, Carl. Historia de la matemática. Capítulo I: los orígenes primitivos. Alianza Editorial. 1999.
[11] El traductor hace la siguiente llamada aclaratoria de la elección de la traducción por él propuesta: “unsex me here; arrancadme mi sexo...La mayoría de ediciones y traducciones tienden a interpretar esta frase como cambiadme el sexo (es decir, convertidme en hombre). Nuestra traducción, que mantiene el matiz expresado anteriormente, estaría más a tono con la intensidad dramática del fragmento en su totalidad”. Macbeth (Edición bilingüe): traducción de Manuel Angel Conejero. Ed. Cátedra. Madrid 1996.
[12] Se refiere al interrumpido seminario “Los nombres del Padre”.